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Es bien sabido desde la más ignota antigüedad o desde la última edición del Science que los koalas son la especie más perfecta del universo*. Es de petulantes homínidos creer que un dios guaperas y que se hace la manicura todas las semanas los ha hecho a su imagen y semejanza. Según los apócrifos textos, de un sabio eremita que jura dar de comer a las montañas cercanas, el ser humano era una raza destinada a vivir en manadas de once miembros exactos y guardar celosamente el huevo sagrado hasta poder colárselo en la cueva de la tribu rival. No hace falta decir que algo fué francamente mal durante su creación. Piensen durante un momento en koalas de nuevo, en su supremacía teleológica, en la culminación como especie, en la dominación de los dúctiles sentimientos humanos, en la completa subordinación del hombre hacia el koala. ?Es que no lo ven? Yo tampoco, siempre pensé que los mesmerizantes peces tropicales nos dominarían subersivamente poco a poco, o los entrañables caníbales de los hamsters, o los loros que cuentan historias de terror antes de dormir a los niños o hasta esos seres con forma de pelusa y vocecillas chillonas que siempre quieren comer gominolas y prender fuego a los edificios altos. ?Es que no lo ven? Miren bien debajo de sus camas, yo sí los veo.
(*)Universo conocido claro, excluimos aquí al extraño y multidimensional universo de Wiltussiy. Un universo con tantas dimensiones que la especie dominante es un blanduzco maniquí que piensa con los pies y tiene como número sagrado a cualquier múltiplo de dos. También es tremendamente ridículo la estúpida forma que tienen de desplazarse con la cabeza, enarcando las cejas alternativamente a pequeñitos brincos ; por supuesto esto provoca que su etéreo e infinitamente saciado estómago le den arcadas y expulse la sopa cuántica necesaria para crear galaxias. En algunos sitios son adorados como los dioses del vómito primigenio, sin embargo, en otros les buscan por nunca pagar sus facturas.